Deleite (Historia de un Caballo)
Esto es historia muy antigua, pero alguna vez había que contarla, porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon, por única vez en la historia, en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico.
A los tres días de haber nacido, ya aquel potro del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Si la ciencia y la experiencia no fallaran, debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después, con los años, guardando siempre, para mayor belleza, las crines y la cola mucho más claras que el resto de la pelambre. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un samurai. Pero el potro desmentía todo aquello. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia, magnífico para cualquier burro, pero imposible de admitir en un caballo de raza. Con todo, era mucho más ridículo que feo. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada, tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco, de estirarse sobre las patas traseras, de escarbar la tierra con las manos, que hacía, desde luego, reír a la peonada, satisfecha de aquel fracaso, y mover lentamente la cabeza al patrón. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia, sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal, cosa o persona. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo, se debieron las primeras palizas. Los primeros palos, naturalmente, se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del patrón y los recibía, invariablemente, por allí por donde más pecaba las patas y la boca. El día en que logró introducirse, no se pudo averiguar mediante qué artes, en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado. de claveles, sin contar las más bellas rosas de un rosal, azucenas, gardenias y lirios, recibió la primera tunda oficial, pública, ordenada con voz frenética por la doña, la propia mujer del patrón, que sostenía su histeria, su nostalgia y su aburrimiento, sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado.
Mucho antes de cumplir el año de vida, ya tenía un nombre propio: El Loco, dado de común acuerdo por todos, y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más, si ello hubiera sido posible, aquel bautizo calificador.