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sábado, 10 de diciembre de 2011

¡Sabias! ¿Quién mató al presidente Kennedy?


John Fitzgerald Kennedy, popularmente conocido como JFK, fue asesinado a tiros el 22 de noviembre de 1963, en la ciudad norteamericana de Dallas, en Texas. Todo apunta a que el autor de los hechos fue Lee Harvey Oswald, acusado y detenido, pero éste fue igualmente asesinado dos días después de la muerte del entonces presidente de EEUU, alimentando con ello numerosas teorías en torno al fallecimiento de Kennedy.  

La Comisión Warren concluyó en un primer momento que Harvey Oswald habría actuado solo, pero tiempo después, en 1979, el Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos de EEUU reconoció que podría existir una conspiración. ¿Estuvo la CIA detrás del asesinato de JFK? ¿Fue la mafia? ¿Conspiró Nikita Kruschchev, presidente de la URSS? ¿Lo hizo el presidente de Vietnam del Sur, Ngo Dinh Diem? 

Existen hasta una veintena de teorías acerca de la muerte de John Kennedy, algunas tan rocambolescas como la que defiende que fue el multimillonario Aristóteles Onassis quien ordenó el atentado para recuperar a Jacqueline, ex mujer del naviero y esposa del presidente en aquellos momentos. Pero tan sólo hay una versión oficial: JFK fue asesinado por Lee Harvey Oswald. 

John Fitzgerald Kennedy nació en Brookline, Massachusetts, el 29 de mayo de 1917. Fue el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, el segundo más joven, y, entre otras frases famosas, pronunció la siguiente durante su discurso inaugural: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Deleite (Historia de un Caballo)

Deleite (Historia de un Caballo) 


   Esto es historia muy antigua, pero alguna vez había que contarla, porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon, por única vez en la historia, en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico.
    A los tres días de haber nacido, ya aquel potro del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Si la ciencia y la experiencia no fallaran, debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después, con los años, guardando siempre, para mayor belleza, las crines y la cola mucho más claras que el resto de la pelambre. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un samurai. Pero el potro desmentía todo aquello. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia, magnífico para cualquier burro, pero imposible de admitir en un caballo de raza. Con todo, era mucho más ridículo que feo. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada, tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco, de estirarse sobre las patas traseras, de escarbar la tierra con las manos, que hacía, desde luego, reír a la peonada, satisfecha de aquel fracaso, y mover lentamente la cabeza al patrón. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia, sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal, cosa o persona. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo, se debieron las primeras palizas. Los primeros palos, naturalmente, se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del patrón y los recibía, invariablemente, por allí por donde más pecaba las patas y la boca. El día en que logró introducirse, no se pudo averiguar mediante qué artes, en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado. de claveles, sin contar las más bellas rosas de un rosal, azucenas, gardenias y lirios, recibió la primera tunda oficial, pública, ordenada con voz frenética por la doña, la propia mujer del patrón, que sostenía su histeria, su nostalgia y su aburrimiento, sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. 

   Mucho antes de cumplir el año de vida, ya tenía un nombre propio: El Loco, dado de común acuerdo por todos, y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más, si ello hubiera sido posible, aquel bautizo calificador.